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Columnas · Ceuta y la Monarquía

Ceuta, el día después

José Antonio Gómez Marín en Vozpópuli

Los Reyes se fueron, los invasores siguen Foto: vía Vozpópuli

La tesis Interpreta la acogida entusiasta a los Reyes y el rechazo al Gobierno en Ceuta y Melilla como expresión de un descontento que obliga a restaurar la normalidad.

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No ha sido ninguna sorpresa el espectáculo vivido en Ceuta en torno a la visita real. Era de esperar, por el contrario, esa explosión de entusiasmo de todo un pueblo desgobernado hasta la humillación. Lo que sí cabía esperar, en todo caso, era la intensa división del fervor público expresado en el contraste entre la aclamación a los monarcas y el abucheo al Gobierno representado por un insignificante ministro. Que no es verdad que los pueblos no necesiten el carisma y mucho menos que les baste y les sobre con la mediocridad, ha quedado demostrado tanto en Ceuta como en Melilla por la actitud de unas muchedumbres enardecidas en torno a los Reyes y visiblemente hostiles con esos ministros fuera de lugar, que repetían la durísima imagen vivida con ocasión del desfile militar de Madrid.

Pero lo de estas dos ciudades abandonadas a su suerte ha sido si cabe más espectacular y hasta sugiere la inquietante sospecha de que semejante actitud pudiera no ser sólo una repuesta local sino el gesto colectivo de una ciudadanía que hace tiempo que sobrepasó su probada capacidad de respetuosa sumisión. La cara irritada que han mostrado estas dos ciudades no es diferente de la que viene comprobándose día tras día en un país en el que el Gobierno, consciente de su desprestigio, renunció hace tiempo a dejarse ver en la calle.

Finalizada la visita real y vivo todavía el afectuoso rescoldo demostrado a la institución real por esos españoles, es decir, devueltos ellos y todos los demás a la incómoda realidad, la pregunta del “día después” sigue siendo la misma del día anterior, a saber, cómo restaurar sin trampas la normalidad perdida. Porque ¿podrá hablarse de vida normal en la Ceuta “okupada” por Marruecos mientras permanezcan en sus calles y en su alfoz miles de invasores incontrolados y hasta sujetos identificados por los servicios de seguridad como peligrosos? Parece obvio que no, al menos si nos atenemos a la actitud de un Gobierno que no sólo consta que consintió la invasión, sino que, atrapado en la malla de una enojosa normativa, no oculta su incapacidad de gestión.

UN GOBIERNO ATRAPADO

Ceuta se ha despertado el “día después” como volviendo de una grata tregua al mismo deprimente paisaje en que ha vivido tras la invasión, es decir, a la insoslayable realidad de la ruina comercial heredada de estos meses de embargo pero, además y sobre todo, por la justificada inquietud de saberse a merced del vecino hostil bajo un Gobierno demostradamente inhibido. Porque una vez enterados de que el Gobierno estuvo avisado y consintió el paso de los invasores al tiempo que permitía la presencia de la marina hostil en sus aguas territoriales, será difícil tranquilizar a ceutíes y melillenses.

La visita del Rey ha supuesto un remedio vivificante para estos españoles, por supuesto, pero ese “día después” los ha devuelto a la deprimente realidad del consabido abandono por parte de un Gobierno atrapado por su calamitosa situación y abismado en el laberinto de una precampaña electoral. El Sánchez que se dignó visitar de refilón la ciudad conmocionada de los primeros días para largarse sin transición a su palacio vacacional, no permite imaginar siquiera que afronte ahora la urgente y compleja reacción que necesita una ciudad avasallada y sin recursos como Ceuta.

De entusiasmo y albricias no se vive. Bien lo saben los desamparados ciudadanos que han visto confirmada la incómoda especie de la marginalidad de nuestras ciudades.

Y ahí queda por delante, en fin, un futuro temeroso que nos devuelve al pasado que creíamos olvidado, a aquella crónica de las insensatas guerras de nuestros abuelos que condicionaron la vida española hasta alejarla de la realidad europea. Con la diferencia de que Ceuta y Melilla no sólo son hoy ciudades españolas sino, por fortuna, también miembros europeos de pleno derecho, es decir, frontera continental doblemente olvidada por una España en horas bajas y una Europa inmersa en una crisis abierta. Lo que quiere decir que la consentida invasión de Ceuta ya no es sólo un problema español sino una muestra más de la anunciada decadencia colectiva de Occidente. Una tragedia histórica simultánea que quién sabe si pudiera acabar siendo para nuestro abatido país el último cabo ardiente al alcance de la mano. Ceuta acaba de despertar de un sueño reconfortante para volver a una pesadilla que amenaza con ser crónica en manos de un Gobierno que bastante tiene con debatirse en su propio fracaso.

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Texto íntegro de José Antonio Gómez Marín, publicado en Vozpópuli el 17 oct, 04:45. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en Vozpópuli.