
La tesis Cristina Casabón critica que las protestas atribuyan los problemas sociales al capitalismo y sostiene que las políticas intervencionistas y la falta de cultura económica alimentan el malestar.
Toda generación nueva necesita su primera huelga como necesita su primer amor, su primera borrachera y su primera bronca contra el neoliberalismo. El pasado sábado, en Francia, la movilización estudiantil logró articular un frente común con trabajadores, chalecos amarillos, pensionistas y ecologistas. En paralelo, España encara un escenario similar, con protestas sociales y la mirada puesta en la huelga general convocada por la crisis de la vivienda y por unos salarios que no permiten a muchos trabajadores acceder a ella. Francia y España, lamentablemente, han compartido un diagnóstico erróneo. Se señala 1981, año de la llegada de Mitterrand al poder, como el punto de inflexión francés hacia el gran Leviatán. En España, con matices propios, el socialismo optó por una arquitectura similar: la sustitución de la cultura del mérito y el esfuerzo por la cultura del derecho adquirido y las subvenciones; el reemplazo de una economía productiva e industrial por un entramado tributario asfixiante, y la apuesta por el turismo y los servicios. Aun así, no esperemos el milagro de que la izquierda haga un análisis lógico y reconozca alguna verdad fundamental de la ciencia económica. Ya era sospechosa tanta mansedumbre, que los analistas interpretaban como indiferencia, apoliticismo o falta de proyecto vital, entre otras cosas. Ahora la izquierda ha salido a la calle en tromba contra el capitalismo, los fondos buitre y lo de siempre. Poco podemos esperar: hemos creado una universidad mediocre e infecunda, impartidora de títulos, sin grandes inquietudes académicas ni encuentros relevantes con economistas liberales que expliquen las leyes de la inflación o acerquen a los estudiantes a Milton Friedman, uno de los principales referentes del liberalismo económico. Por eso, todos exigen más intervención, más subsidios y más gasto público para solucionar los problemas creados, precisamente, por el exceso de todo ello. Quieren salir a la calle porque la vida basura reblandece mucho la musculatura y pretenden apagar el fuego echándole más gasolina monetaria y regulatoria. Y, sobre todo, tanto los izquierdistas de Mélenchon como los del Frente Amplio dicen que la culpa «es del neoliberalismo», que «es del fascismo» o que «es de la globalización». Asistimos así a la artillería de esta gran protesta confusa: una movilización social de los más izquierdistas y los menos intelectuales contra un Gobierno de funcionarios al que le está saliendo mal el anuncio de recortes en Francia. Para mayor carnaval, las banderas que agitan los universitarios son palestinas. Asistiremos a nuevas jornadas de furia urbana, aquí y en Francia. Nacerán de vídeos en TikTok y se alimentarán de la rabia contra el elevado coste del diésel, la inflación y los inevitables ajustes fiscales, como los recortes de 43.000 millones de euros que intenta aplicar el Ejecutivo de Sébastien Lecornu y Emmanuel Macron, o los que necesariamente tendrá que acometer el próximo Gobierno en España si quiere garantizar la sostenibilidad del sistema. ¿Cuándo se jodió Francia? Como dice un analista en Twitter, en el momento preciso en que una mayoría de franceses eligió creer que se podía vivir de forma sostenible por encima de sus medios haciendo pagar a los demás, y que eso se llamaría «justicia social». Francia es, lamentablemente, el laboratorio social en el que España debe mirarse, tanto en economía como en cuestiones migratorias. Por eso nos da tanto miedo ver a estos encapuchados rompiendo los escaparates de tiendas de Louis Vuitton y Rolex o haciendo gestos poco educados frente a las cámaras de televisión. Pero, en este paisaje de ruina inminente, hay que reconocerle a Pedro Sánchez una «lucidez extraordinaria» para la supervivencia. Como buen socialista, cuenta con 1.255 asesores para afrontar estas elecciones. Es decir, mientras la clase política francesa se desgasta a seis meses de las elecciones, algún soldado de Sánchez olió la humareda a tiempo. Ante el inminente estallido de las protestas sociales —una huelga general no se organiza de una semana para otra y sabemos que ya había recibido avisos de posibles revueltas por parte de la izquierda—, decidió disolver las Cortes y saltar de la silla antes de que la bomba fiscal y social le explotara en las manos. El PSOE le ha echado al PP la revolución generacional que le faltaba, porque ya nos anuncian que esta huelga general se convoca contra la oposición. Curiosamente, una huelga estudiantil como la de Francia me parece mucho más caótica: es como volver al París del 68, mientras que la nuestra se parece más a un festival, con su zona de acampada y sus talleres recreativos. El caso es que el ciudadano de a pie no puede esperar siempre a que vengan los malos a solucionar sus problemas económicos. La realidad es que la clase media está empobrecida por culpa de los socialistas que han gobernado durante casi una década. Francia y España están sufriendo una crisis de la hiperregulación y el estatismo, pero nadie quiere mencionar la palabra «recortes» ni abrir la caja de Pandora de los subsidios. Un Estado que absorbe cerca de la mitad de la riqueza de una nación deja de ser un protector para convertirse en un parásito de la economía de las clases trabajadoras. Y así, al final, ya no nos quedará ni París.
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Texto íntegro de Cristina Casabón, publicado en The Objective el 19 oct, 05:25. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en The Objective.
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