
La tesis Denuncia que el insulto y la burla han desplazado el debate de propuestas en la campaña, y sostiene que la degradación del discurso público ya alcanza a todos los partidos.
Cuesta seguir el ritmo, pero hagamos una relación necesariamente parcial e insuficiente. Arranca la precampaña recuperando un vídeo del ministro Óscar Puente retorciéndose de dolor tras una grave lesión para hacer la gracieta del «esguince», y Puente que responde llamándolos «miserables», «la peor gentuza» y tachando al alcalde de Valladolid de «vago». Mientras tanto, la muerte de María del Carmen Abascal da pie a acusaciones cruzadas de asesinato, después de días de burlas sobre esta mujer y de acuñar el infame vocablo «Morocarmen».
Siguen risas sobre los jóvenes acampados por la vivienda diciendo que con la lluvia «se duchan por primera vez en días», y el 12 de octubre el presidente es recibido en el desfile entre abucheos y gritos de «hijo de puta», mientras que un vídeo de la presidenta Ayuso tambaleándose daba pie a que la llamasen borracha e incluso a que algunos se mofasen de sus dificultades para ser madre, haciendo recuento de los diversos abortos que ha sufrido. Han bastado dos semanas para percibir el hedor de la «política bonita», o la «nueva política», que es como los tres tenores de la regeneración —Iglesias, Rivera, Sánchez— la llamaban.
Todo se ha encanallado hasta un punto en que no se discuten propuestas y el insulto ya es el idioma oficial de la campaña, cuando ni hemos roto a calentar y a más de un mes de que efectivamente votemos. Acaso la principal novedad es que los comunicadores en redes sociales del PP han dejado de ser ursulinas y andan repartiendo estopa, para escándalo de quienes, a su izquierda, llevan años arremetiendo contra el contrario sin parar en mientes, especialmente contra la presidenta madrileña, a la que una y otra vez han tildado de enferma mental y asesina.
Todo esto me recuerda a La cizaña, aquel cómic de Astérix en el que los romanos enviaban a un tipo, Perfectus Detritus, que tenía el don de sembrar la discordia. Al tipo le bastaba soltar un rumor o una insinuación para que los galos acabaran a mamporros entre ellos. Quiero decir que no conviene hacer como si todo esto a lo que ahora juegan todos hubiera empezado ayer o hubiera surgido por generación espontánea. Recordemos quién inventó lo de «crear tensión» como recurso electoral, y quiénes llevan años llamando nazis o fascistas a quienes discrepan de ellos, quién puso en circulación la palabra «fachosfera», quiénes han agitado la «alerta antifascista» ante la alternancia política y quién habló en sede parlamentaria de levantar un muro entre españoles.
Quien ha elevado este juego a otro nivel se llama Pedro Sánchez Castejón. Quien dude solo tiene que recordar que su primera decisión de la legislatura extinta fue ceder al ínclito ministro de Transportes la réplica que le correspondía a su rival cuando su intento fallido de investidura. Han sido muchos años de estúpido guerracivilismo, de alancear dictadores muertos y desenterrar con infinita irresponsabilidad las dos Españas, de crear esa ficción tan instalada en la red y en Sol de que nos odiamos entre los españoles; ha sido una demolición cucharada a cucharada, la de la convivencia.
Esta degradación del discurso público, esta fiesta de la mala baba y la hiel, ¿quién la paga? La pagamos los españoles en inteligencia y convivencia. Cada vez que aceptamos un insulto como argumento, dejamos de examinar algo que merecía abordarse seriamente; cada vez que difundimos una imagen porque humilla al adversario, nos volvemos más estúpidos y empeoramos nuestras relaciones personales. Nadie fabrica ese veneno sin acabar tragándose una parte; parece mentira que haya que recordar esto.
Perder la capacidad de discernir es una desgracia personal de tan graves consecuencias que es inaudito que alguien le encuentre la gracia. «También paga quien se calla por miedo a la erupción polarizada. Ya hay demasiados sitios donde no se puede tratar ningún tema» En 1984, Orwell imaginó los Dos Minutos de Odio, un ritual en el que los ciudadanos debían descargar su furia contra el enemigo oficial hasta el punto en que los más reticentes acababan contagiados por el frenesí colectivo.
Nosotros hemos conseguido convertir aquellos dos minutos en una ocupación a tiempo completo. Quien afronta las críticas fundadas como una agresión y ante toda discrepancia emite el mismo grito, deja de apreciar la diferencia entre un error y una corrupción o entre una discrepancia y una amenaza. Entonces, incluso quien procura mantenerse al margen tiene que gastar un tiempo precioso en averiguar qué queda de cierto debajo de cada paletada de escombros.
Ese esfuerzo tiene un coste, porque la atención que dedicamos a desembrollar una maldad no está disponible para engarzar soluciones. Dicen muchos por ahí que cada improperio al presidente que le gusta son 10.000 votos más para él, sin detenerse a pensar ni un instante en el sinnúmero de votos que ha producido llamar nazi a todo aquel que se apartaba de la agenda progresista. Quien está en estas ya no entiende su país, ni siquiera su barrio, y al final no entiende nada.
También paga quien empieza a callarse por miedo a la erupción polarizada. Ya hay demasiados sitios donde no se puede tratar ningún tema. Este miedo al disenso, ¿creemos que nos sale gratis? Ni por asomo. Así se le quita el aire al aire de la convivencia, porque aprendemos a tratarnos con prevención y a sospechar de personas con las que compartimos mucho más que con los dirigentes a quienes defendemos. Entretanto, quien ha provocado el enfrentamiento puede recoger sus beneficios y pasarle al siguiente el testigo.
Los ciudadanos nos quedamos con la sobremesa arruinada y, a veces, con una amistad menos o un familiar al que ya no llamamos. Así es que ya sabe quién paga esto, lectora, lector: lo pagamos nosotros, y rara vez quien nos emponzoña. Hay que entender que cada aplauso al enésimo exabrupto del señor Puente puede tener consecuencias personales. Jalear que quien manda pueda humillar o silenciar a quien disiente de él es abonar la propia desgracia. Cada abuso de poder que aplaudimos abre una esclusa por la que mañana puede entrar el que nos sepulte.
No es difícil imaginar al aplaudidor encontrándose con la horma de su zapato cuando, en su propia empresa, se atreva a llevar la contraria a quien manda y acabe en la calle. Si pagamos tan cara la degradación, es porque somos incapaces de relacionar aquel aplauso con esta desgracia. «Nos corresponde dejar de celebrar la grosería cuando procede de los nuestros y negarnos a que nos dicten a quién debemos odiar» Después de preguntarnos quién paga la degradación, la pregunta es quién la para.
Y la respuesta está, como de costumbre, no del lado de la irresponsable clase política —la peor generación de nuestra joven democracia—, sino en los ciudadanos. Nos corresponde dejar de celebrar la grosería cuando procede de los nuestros y negarnos a que nos dicten a quién debemos odiar, y recuperar además el gusto por discutir sin convertir cada desacuerdo en una declaración de guerra. ¿Qué les parece si dejamos de jugar a la Comunidad del Anillo contra Sauron, y reconocemos que hay bienes en tensión que explican por qué existen, en todos lados donde hay un mínimo de libertad, tanto derecha como izquierda?
¿Sería posible dejar de exhibir superioridad moral y presumir de tener «las ideas correctas»? Decía Marco Aurelio que la mejor venganza es no parecerse a quien nos ha ofendido. Empecemos por exigirnos la decencia que reclamamos a nuestros dirigentes y candidatos. Hay motivos para que se nos hinche el pecho. España es mucho mejor que el espectáculo que ofrecen muchos de sus políticos y activistas. Los españoles tenemos sobradas razones para sentirnos orgullosos de lo que hemos construido juntos.
Basta de supeditar nuestra convivencia a una pandilla de agitadores profesionales. Tenemos un país formidable que merece ser defendido con alegría y con coraje y una democracia que costó mucho erigir como para malbaratarla. Que nadie nos convenza de que estamos condenados a esta cochambre. El mejor resultado electoral será el que desescale esta tensión a partir del 30 de noviembre, desenterrando el país que sigue ahí, bajo la escombrera mitinera, una España en la que, por supuesto, no nos odiamos desde dos mitades irreconciliables.
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Texto íntegro de David Cerdá, publicado en The Objective el 20 oct, 05:25. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en The Objective.
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