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La autodefensa de la democracia

Gabriela Bustelo en The Objective

Foto: vía The Objective

La tesis Denuncia que las protestas sobre vivienda desvían la atención de las acusaciones de corrupción contra el entorno del Gobierno y dificultan exigirle responsabilidades en las urnas.

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Si algo nos habíamos ganado a pulso, era la indignación, que considerábamos legítimamente nuestra. Quienes no votamos al PSOE en 2018 y mucho menos en 2020 y 2023, sabíamos que a lomos de nuestra furibundia, nos merecíamos un vuelco electoral. Para nuestra estupefacción, son precisamente los votantes socialistas los que se están apoderando de nuestra furia genuina y justificada. Con eslóganes que rozan el ridículo, pero que tocan la fibra fácil, como «Ellos por dinero, nosotras por amor» o «El buitre inversor es el gran invasor», tenemos otra vez la Puerta del Sol de Madrid tomada por una multitud inconexa de okupas, manguis, parados, anarcos, amas de casa y jubiletas.

En un ciclo de actualidad frenético, arrastrado por exclusivas y primicias que se comen unas a otras, gana siempre el que llega antes, como pasa entre los deportistas de surf, que tienen como norma básica la prioridad de la ola, es decir, la precedencia del que se encuentra más cerca de la rompiente. Cada «noticia» es, en la práctica, una ola devorada por la siguiente. Pero la maniobra de distracción de los pijoapartes de Sol ha logrado desviar el foco de los auténticos protagonistas de la actualidad preelectoral, que son la fontanería partidista y la supuesta corrupción —cada vez menos imprecisa y más nítida— del núcleo duro del ocupante de la Moncloa.

En estos tiempos incapaces de priorizar, las redes llevan todo el fin de semana analizando el lenguaje corporal del beso presidencial de Fuenlabrada, olvidando que la señora besante está acusada de tráfico de influencias y de malversación de caudales públicos. Fiel a su excentricidad característica, España ha tardado ocho años y medio en plantearse seriamente castigar en las urnas a un Gobierno que viene afrontando reiteradas acusaciones de cleptocracia y abuso partidista.

La verdadera indignación no sería, por tanto, la exhibición orquestada de unos miles de jóvenes en la Puerta del Sol, sino la fatiga existencial de millones de españoles bajo este Gobierno apalancado. «Tardaremos años en superar la penetración institucional del PSOE» El PSOE tiene por delante unos tiempos difíciles en los que el partido entero deberá someterse a un mesurado proceso de autocrítica y limpieza interna. El descrédito de la izquierda, generalizado en todo Occidente, azota con fuerza al Partido Socialista español, aplaudido por unos como el bastión resistente, señalado por otros como la rémora solitaria de un sistema mundialmente fracasado.

Parece poco factible que los políticos socialistas, reducidos a la mansedumbre, vayan a poder librarse del estigma de la proximidad con este Gobierno. Estas elecciones generales deberían devolver la fe en la democracia a quienes han llegado a perderla durante estos larguísimos ocho años y medio. Como nos ha tocado repetir a quienes nunca creímos en ninguna de las transfiguraciones y metamorfosis de Pedro Sánchez, tardaremos años en superar la penetración institucional del PSOE, al que no se puede ya llamar partido político sin caer en la grandilocuencia.

Conviene recordar que la democracia como sistema de gobierno está en decadencia planetaria desde hace una década, incluso en Estados Unidos, como señala Michael McFaul en su reciente ensayo Autócratas contra demócratas. Explica en su libro el diplomático estadounidense que una de las flaquezas de la democracia global es la división interna de cada país, unida a la debilidad exterior, coyuntura que los países autócratas saben usar a su favor, incluso llegando a provocarla desde fuera.

Cuando esto se une a la desunión del propio bloque democrático, la quiebra se duplica, como demuestra el enfrentamiento abierto entre Estados Unidos y España. Un régimen autoritario, asegura McFaul, puede fomentar y manipular la polarización, la desinformación y la desconfianza en las instituciones, todo ello sin disparar un solo tiro. Y una democracia que se erosiona desde dentro pierde la credibilidad internacional en la que se basa su presencia global.

Por eso la lucha democrática contra las autocracias es también una batalla doméstica por la legitimidad política. La lección que se extrae del ensayo de este intelectual —un izquierdista que trabajó en el equipo gubernamental de Barack Obama— es que la erosión interna suele ser gradual y aparentemente legal, con las instituciones debilitadas paso a paso, lo que la hace más difícil de detectar y de frenar que una agresión externa. La conclusión de McFaul, sin embargo, es optimista, porque la democracia, pese a sus defectos, ha sobrevivido hasta ahora a sus rivales.

Pero cuando la democracia se da por ganada, nos avisa, es cuando empieza a perderse.

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Texto íntegro de Gabriela Bustelo, publicado en The Objective el 20 oct, 05:25. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en The Objective.