
La tesis Recuerda la etapa de Putin como agente del KGB en Dresde y reivindica cómo las pequeñas historias ayudan a comprender los grandes acontecimientos históricos.
La casa, pintada de amarillo pálido, no tiene nada de especial. Es una villa de dos plantas con jardín en una calle tranquila de Dresde, la calle Angelika, en un barrio en vertiente sobre una de las laderas que dan al río Elba. El edificio se llama ahora Rudolf-Steiner-Haus, porque alberga la sede regional de la Sociedad Antroposófica de Alemania. El austriaco Rudolf Steiner ideó a inicios del siglo XX esta doctrina sobre las conexiones entre el mundo físico sensorial y el mundo espiritual.
En el inmueble hay también un consultorio médico y un seminario de formación para educadores del método Waldorf. Pero lo que me ha traído hasta aquí para curiosear, en un viaje a Dresde para otros menesteres, no es ninguno de esos despachos. De 1985 a 1990 trabajó en el edificio como agente del KGB soviético el ahora presidente eterno de Rusia, Vladímir Putin, responsable de la muerte de cientos de miles de personas en la guerra en Ucrania. La cancela está abierta y nada impide entrar a dar una vuelta por el jardín.
Por donde piso en una tarde soleada de octubre pisaba Putin al acudir cada día a su trabajo, consistente en recabar datos y reclutar informantes en esta ciudad que formaba parte de la RDA comunista. El KGB (Comité para la Seguridad del Estado) tenía una oficina en cada distrito. El treintañero Putin compartía esta con otros seis empleados. Él era una pieza más –y más bien pequeña– del engranaje de control soviético. Vivía muy cerca con su familia en un piso modesto.
Hasta hace poco, iban a ver ese bloque turistas rusos en autocar. Siempre me ha fascinado visitar lugares que fueron algo y ya no lo son, incluso si hablan de pequeña historia, no de historia en mayúsculas. A la postre, las pequeñas historias dicen mucho del devenir de los grandes acontecimientos. A escasa distancia de aquí está la antigua sede regional de la Stasi, la temida policía secreta de la RDA, cuyas celdas y salas de interrogatorio pueden visitarse.
Recorrerlas aflige el alma. El 5 de diciembre de 1989, un mes después de la caída del muro de Berlín, una multitud de alemanes que protestaba ante la Stasi se presentó luego ante la villa del KGB. Putin salió a encararse con ellos y logró que se fueran. Él mismo reveló años después que había telefoneado antes a una unidad del Ejército Rojo acuartelada en Dresde para pedir protección. La respuesta fue: no hay órdenes de Moscú. De todo se extraen enseñanzas.
Putin fue testigo de cómo un régimen represor puede irse a pique. Le ocurrió a la RDA y le ocurrió a la URSS. El hombre atrincherado en el Kremlin ha visto en la invasión de Ucrania un modo de perpetuarse, y amenaza con llevar su envite hasta el final.
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Texto íntegro de María-Paz López, publicado en La Vanguardia el 20 oct, 00:30. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en La Vanguardia.
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