
La tesis Señala que la apuesta de Rufián por unir a las izquierdas españolas choca con el objetivo independentista de ERC y plantea hasta dónde puede llegar esa cooperación sin diluirlo.
Según la RAE, una paradoja es un “hecho o dicho aparentemente contrario a la lógica”. Y esa es la palabra que mejor define el discurso de Juan Gabriel Rufián Romero. Nacido en Santa Coloma de Gramenet en 1982, Rufián ha sido portavoz de ERC en el Congreso varias legislaturas. Su notoriedad despegó en el 2018, cuando fue expulsado de la Cámara tras llamar hooligan al ministro de Exteriores de entonces, Josep Borrell. Rufián es un hit en mi Instagram, como lo son Lamine Yamal, Alexandria Ocasio-Cortez o la cantante surcoreana Hwasa.
Sus intervenciones, en el pleno o las comisiones, combinan seguridad y una dosis de clara fanfarronería. A veces recurre al insulto directo, lo que suele restar fuerza a los argumentos que pretende defender. Se reivindica independentista, pero se le ve demasiado integrado en las dinámicas parlamentarias y el espectáculo mediático de Madrid, y cada vez más integrado en una tribu política cuyo escenario es una España alejada de Catalunya. Rufián tiene su propia agenda.
Su voluntad de defender a los más desfavorecidos de todo el país parece loable. La cuestión es cómo encaja esa ambición en un partido cuya razón de ser sigue siendo la independencia. Su intento de articular un bloque amplio de izquierdas tenía lógica desde una perspectiva progresista: la unidad hace la fuerza. Pero también plantea una contradicción con los objetivos históricos de ERC. Es evidente que disfruta del papel que representa. Su discurso de cooperación entre las izquierdas españolas es razonable en términos políticos, pero abre una pregunta incómoda para el independentismo: ¿hasta dónde se puede defender la unidad de la izquierda española sin diluir el proyecto de separación de España?
El independentismo lleva años proclamando que Catalunya debe emprender un camino propio. Sin embargo, tras abandonar la vía de la legalidad constitucional y sin haber definido un plan viable para alcanzar su objetivo, continúa buscando una salida a la vía muerta en la que acabó desembocando su estrategia. Y quizá esa sea la verdadera paradoja de Rufián: cuanto más intenta ser un dirigente capaz de hablar a toda España, más diluye el proyecto independentista que da sentido a su trayectoria política.
O, a lo mejor es, en el fondo, lo que ERC desea y no nos dice.
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Texto íntegro de Albert Montagut, publicado en La Vanguardia el 20 oct, 00:30. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en La Vanguardia.
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