
La tesis Relaciona las protestas en varios países con la inseguridad material y la desconfianza institucional, pero advierte de que la violencia puede deslegitimar sus demandas.
En los últimos días, miles de personas salieron a la calle en España, Francia, Italia, Albania, Túnez, Bélgica y Portugal. En España, el detonante fue el desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años, expulsada por un fondo de inversión del piso del Retiro donde vivía desde hacía setenta años. A ello se sumó el rechazo parlamentario a los decretos de vivienda. En Francia se protestó por la falta de profesorado; en Italia, por la educación y el clima frente al rearme; en Albania, contra la corrupción y Edi Rama; en Túnez, contra Kais Saied; en Bélgica y Portugal, por el precio de estudiar y alquilar.
No es una ola coordinada, pero comparte un fondo común: inseguridad material, expectativas frustradas, desigualdad percibida como injusta y desconfianza en las instituciones. En el centro hay una generación joven que siente rota la promesa de que estudiar y trabajar bastaría para vivir como sus padres. A ello se suma la sensación de que las reglas están amañadas a favor de grandes tenedores y redes de poder. Cuando los parlamentos no resuelven lo cotidiano, la calle se convierte en el altavoz.
El caso de Maricarmen muestra, además, que la crisis es intergeneracional y amenaza la cohesión de toda la sociedad. Sin embargo, la fuerza de la calle no garantiza cambios duraderos, y el mayor peligro puede surgir desde dentro. La violencia descontrolada es el modo más rápido de destruir una causa justa. Los saqueos de estos días en ciudades de Francia y en Milán son una advertencia. Basta una minoría para imponer el relato y eclipsar las demandas de la mayoría.
También ofrece a los gobiernos la excusa perfecta para hablar de orden público en lugar de vivienda o educación. En Chile, en 2019, la destrucción dividió a la opinión pública y restó apoyos a un descontento ampliamente compartido. Cada escaparate roto aleja a los vecinos que simpatizaban, legitima la represión y convierte a las víctimas en sospechosos. Aislar a los violentos es responsabilidad de los propios movimientos; a los gobiernos les corresponde una actuación policial proporcionada.
La experiencia demuestra que la no violencia disciplinada funciona. Los agricultores indios vencieron a un gobierno muy fuerte resistiendo más que él sin recurrir a la fuerza, igual que los estudiantes armenios en 2018. Las acampadas sin objetivos ni calendario se desgastan, como mostró Ecuador en 2025, cuando el gobierno esperó a que la protesta se agotara. Para España, la clave es escalar gradualmente y aprovechar el revés de los decretos y el ciclo electoral.
También debe garantizar la legalidad de la huelga general y explorar presiones como las huelgas de alquileres. Otra lección es la representación. Sri Lanka en 2022 o Tailandia en 2020 no tuvieron interlocutores, y las viejas élites gestionaron la salida. En Bangladesh, en cambio, los estudiantes participaron en la transición, y en Nepal los jóvenes eligieron a la primera ministra interina por votación digital. Hacen falta portavoces con mandato claro.
España cuenta con sindicatos de inquilinas, asociaciones vecinales y la posible alianza con las grandes centrales sindicales. También importa saber negociar. Ecuador logró en 2019 derogar un decreto con mediación de la ONU y la Iglesia; los agricultores indios no se fueron hasta tener compromisos por escrito. El movimiento español debería presentar un paquete breve, con plazos y seguimiento. Debería aceptar victorias parciales sin desmovilizarse y dejar al adversario una salida digna.
Por último, la política. En Nepal y Hungría, el descontento cambió el mapa cuando encontró un cauce electoral transversal; en Chile, el maximalismo frustró el proceso constituyente. En una España polarizada, el camino pasa por buscar mayorías medida a medida, arrancar acuerdos en comunidades y ayuntamientos y exigir compromisos medibles a todos los partidos. Y evitar dos trampas: quedar capturado por un solo partido o que la frustración acabe en abstención o populismo.
Una protesta pacífica, organizada y persistente puede cambiar las cosas. Una que se deja arrastrar por la violencia regala la victoria a quienes quieren que nada cambie.
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Texto íntegro de Vicenç Fisas, publicado en La Vanguardia el 20 oct, 00:30. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en La Vanguardia.
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