
La tesis Relaciona las protestas en varios países con un estallido de descontento y advierte de que la violencia en Francia podría favorecer a Le Pen y alterar Europa.
Las manifestaciones en contra de los gobiernos en Francia, Italia, Albania, España y Grecia, con historias y sistemas políticos distintos, reflejan un estallido de descontento y una frustración emocional que conduce a convulsiones inesperadas. Tienen en común la dificultad de diálogo entre las partes y un punto de partida de confrontación abierta. El desenlace tendría que ser el acuerdo después de la confrontación, pero las posiciones están tan distanciadas que no hay manera de que los muros ideológicos y políticos se conviertan en puentes de encuentro.
Las manifestaciones violentas como las que hemos contemplado en directo en Francia desembocan necesariamente en una larga campaña electoral con resultados inciertos. Si una mayoría de los franceses interpretan que los disturbios del último sábado son atribuibles a La Francia Insumisa de Mélenchon, la formación más radical de izquierdas que podría llegar a disputar la presidencia en segunda vuelta, lo más probable es que Francia diera la victoria a Marine Le Pen en el mes de mayo.
Un triunfo de la extrema derecha cambiaría el panorama político francés, pero, además, tendría un gran impacto en una Europa descolgada de los Estados Unidos de Trump y amenazada por la obsesión expansionista de Putin, que de momento se centra en anexionar militarmente Ucrania, total o parcialmente. La guerra dura más de cuatro años. Los motivos de las manifestaciones violentas son el coste de la vida y la precariedad en la educación. Empezaron las protestas estudiantiles hace ya unos meses hasta evolucionar al caos, la destrucción y el pillaje en París y en las grandes ciudades francesas.
Estamos a las puertas de un más que probable invierno del descontento, citado en el famoso verso de Ricardo III de Shakespeare y que fue utilizado en Gran Bretaña en 1979 para desplazar al acorralado primer ministro James Callaghan, laborista, que llegó bronceado de una cumbre en el Caribe y a pie del avión dijo que dónde estaba la crisis, cuando los sindicatos le atacaban duramente mientras la basura llevaba muchos días pudriéndose en las calles y no se enterraba a los muertos.
El desenlace fue la fulgurante victoria de Margaret Thatcher. En pocos meses, inauguraba una revolución conservadora que abrió un periodo de políticas ultraliberales, que todavía perduran con diversos formatos en la mayoría de las democracias occidentales. En todos los casos se detecta una pérdida de confianza en los partidos tradicionales, que no resuelven los problemas que más afectan directamente a la gente. Y una parte del electorado busca respuestas en formaciones de derecha extrema y de extrema izquierda.
El mapa político de Francia, España, Italia y Grecia no se dibuja en la centralidad, sino que quedará escorado hacia los extremos. En España se ha centrado la protesta en el encarecimiento y falta de viviendas y en la dificultad de los jóvenes para emanciparse. La inmigración, necesaria pero no querida, es un campo de batalla abierto que inclina votos hacia la extrema derecha. El clima de creciente tensión política no es solamente por falta de diálogo, sino por los muros levantados por Pedro Sánchez al ser investido y los contramuros en los que se ha parapetado la oposición del PP y Vox para conseguir el poder.
Los sindicatos son un decorado que ha montado una huelga deprisa y corriendo mientras María Jesús Montero, exvicepresidenta con Pedro Sánchez, sostiene que es una huelga contra la oposición. Inédito. En los países mencionados y en el conjunto de Europa existe la fractura generacional, que desespera a muchos jóvenes porque ven cómo el estudio, el trabajo y el cumplir las reglas ya no garantiza una vida estable. El ascensor social no funciona y los salarios no alcanzan para disponer de una vivienda digna.
La política se hace en las instituciones y no en la calle. Lo decía De Gaulle y es lo propio de las democracias. La cuestión de fondo es si los gobiernos europeos saben escuchar, negociar y ofrecer expectativas de futuro. Y eso no se arregla con mítines, insultos y desprecio al que piensa distinto. Si se produce un vacío de ideas y de gobierno, lo ocupan los movimientos radicales.
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Texto íntegro de Lluís Foix, publicado en La Vanguardia el 21 oct, 00:30. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en La Vanguardia.
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