
La tesis Reclama una respuesta efectiva del Gobierno ante la situación de Ceuta, cuya posición fronteriza considera estratégica para España, Europa y la seguridad de la OTAN.
Acabo de volver de Ceuta y todavía me late en el pecho el ritmo de aquella ciudad. No fue un viaje de paso. Fue una inmersión. Me acompañó Cayetano, un amigo de los que se plantan donde hace falta —en cualquier plaza, no solo en las taurinas— y pelean por lo que consideran justo, sin ruido y sin poses. Ya lo demostró en la crisis de Ucrania. Hablé con agentes de la Policía Nacional y de la Policía Local, con voluntarios que no duermen para que otros puedan, con guardias civiles que conocen cada rincón de la frontera, con militares que llevan el uniforme como quien lleva la piel, con caballas de toda la vida y, también, hice noche entre los que allí llaman "pimientos": los recién llegados, los que aún traen el barro del otro lado y la promesa —o el engaño— clavada en los ojos.
Esa noche no se cuenta. Se siente. El frío de la madrugada, las voces bajas, el cansancio de los que acaban de cruzar y el de los que siguen llegando. Y el cansancio, distinto y más largo, de quienes los reciben y los sostienen. Ochenta días después, el Gobierno sigue sin asumir que esto no se resuelve con carpas ni con comunicados. No hay propuesta real. Solo la misma dejación de siempre. Ceuta no es solo el norte de África. Es el sur de Europa.
Es el flanco vivo de la Unión Europea y el primer escudo de la OTAN frente a un fundamentalismo que no discute derechos ni libertades: los cercena. Desde aquí se vigila el Estrecho con una claridad que en la península a veces se diluye entre despachos. Desde aquí se entiende que la frontera no es una línea administrativa. Es el lugar exacto donde una civilización decide si sigue existiendo o se deja erosionar poco a poco. Y Ceuta, con su tamaño pequeño y su corazón grande, decide cada día.
Es tierra española. Es gente española. Es historia española. Es cuna de la Legión, la gloriosa unidad del Ejército español que nació aquí y que sigue siendo sinónimo de entrega y de valor. Ceuta puede presumir de una historia que, en muchas ocasiones, rivaliza con la de aquellos marinos vascos y extremeños que prefirieron la gloria a la rendición. Aquí no se ha rendido. Aquí se ha resistido, se ha mezclado, se ha mantenido y se ha defendido. Cuatro religiones conviven en el mismo suelo, en las mismas calles, a veces en la misma mesa.
Y, al mismo tiempo, hay más banderas de España en los balcones que en la capital cuando España gana un Mundial. No es pose. No es consigna. Es identidad que no pide permiso para existir. Es la bandera que ondea porque se siente propia, no porque alguien la imponga. Es mar y montaña. Es el sonido del agua golpeando las rocas y el silencio de los cerros al atardecer. Es cultura y tradición que se huelen en el aire y se tocan en las manos de quienes las sostienen.
Es el lugar donde uno entiende un poco mejor de dónde venimos para poder decidir, con más lucidez y menos ruido, qué queremos para nosotros y para nuestros hijos. En Ceuta se aprende que la convivencia no es un eslogan vacío. Es un trabajo diario. No es izquierda ni derecha. Aquí han aprendido a convivir a pesar de la polarización a la que algunos, desde lejos y con intereses claros, pretenden arrastrarnos. Se discute, se discrepa, se comparte pan y se defiende la misma bandera.
Eso no se enseña en programas. Se hereda y se cuida. La crisis migratoria no es un fenómeno espontáneo ni un simple drama humanitario. Muchos de los que llegan lo hacen empujados por ilusiones y promesas de mejora que unos pocos les venden. El motivo principal de esos pocos no es el bienestar de quienes cruzan. Es obtener información, saturar recursos, generar fisuras y desestabilizar nuestra nación. Instrumentalizan vidas humanas como munición política.
Y esa presión desleal que ejerce Marruecos no se queda en la frontera: en España hay quienes, siempre desde el mismo espectro político, la convierten en rédito electoral. Pagan sus facturas con la miseria humana y la venden como progreso. Unos desestabilizan desde fuera; otros lo hacen desde dentro. Ceuta lo ha sufrido en carne propia, con la ciudad doblada en número, con las playas convertidas en campamentos, con la tensión en las calles y con el esfuerzo enorme de quienes, con medios limitados, sostienen el orden y la dignidad.
Y, aun así, sigue en pie. Los caballas nunca se rinden, porque llevan en la sangre la de Don Pelayo, la de Guzmán el Bueno, la de los Reyes Católicos, la de Blas de Lezo, la de Daoiz y Velarde, la de Agustina de Aragón, la de Ignacio Echeverría y la de otros tantos héroes que hicieron de España un lugar al que temer y admirar a partes iguales. España necesita a Ceuta porque Ceuta le recuerda quién es. Porque sin este pedazo de tierra al otro lado del Estrecho, el sur de Europa sería más vulnerable y el norte de África más inseguro.
Porque aquí la soberanía no es un discurso: es una realidad que se defiende cada día, con turnos de guardia, con conversaciones en la calle, con banderas en los balcones y con la firmeza de un pueblo que sabe lo que está en juego. Porque un lugar que convive con cuatro religiones y ondea tantas banderas españolas no está dispuesto a dejar de ser lo que es. Porque entender Ceuta es entender un poco mejor España. Lo dice un español. Un español que ha caminado sus calles, que ha escuchado a sus gentes, que ha compartido conversación con quienes acaban de llegar y quienes nunca se fueron.
Y, cada día que pasa, un español un poco más caballa. Porque Ceuta no se visita. Se lleva dentro. Y una vez que se lleva, se defiende sin fisuras. Ignacio Trillo Arespacochaga, es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared, de la Fundación Foro Libertad y Alternativa y de SCE.
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Texto íntegro de Ignacio Trillo Arespacochaga, publicado en La Razón el 19 oct, 19:59. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en La Razón.
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