
La tesis Alfredo Semprún defiende que pagar la deuda pública es necesario y progresista, y critica que Francia acumule obligaciones mientras algunos proponen impagarlas, trasladando costes a la ciudadanía.
Nos movemos por el Alto Marne, una de esas zonas de Francia donde todo está verde, limpio y muy colocadito, con su vaca en el prado y su jubilado plácidamente sentado en el bistró de la calle comercial de Bourbonne-les-Bains, donde el 90 por ciento de las tiendas ya ha cerrado y lo que te rondaré, morena, y nos llama la atención un titular en portada del diario "Les echos" (a cuatro euros el ejemplar) que explica que la Revolución francesa, la de la Bastilla y la guillotina, se hizo, entre otras razones, para pagar la deuda pública que el rey Luis XVI, con su Hacienda en la ruina, pretendía desconocer.
No me extiendo en el artículo, bastante interesante, pero queda claro que la incipiente burguesía, es decir, los acreedores de la Corona, lo que querían era cobrar a como fuera, al igual que el gran tenedor que tiene de buitre consorte a la portavoz del PSOE, que, tonterías las justas, si hay que desahuciar, pues se desahucia. El artículo de "Les echos" viene a cuento porque el Estado francés, bajo ese gran estadista llamado Macron, no ha dejado de engordar la deuda pública y, con los intereses disparados, está a punto de la suspensión de pagos, lo que ha llevado a la extrema izquierda de Mélenchon a pedir el impago de la deuda, como si de una república bananera se tratara.
Pues no, advierten desde París, pagar las deudas es revolucionario, muy progresista, y no nos cepillamos media aristocracia para acabar siendo un país moroso. Cuando acabas de pagar 2,39 euros por un litro de diésel en el surtidor de un supermercado en mitad de la campiña (en la autopista está cerca de los 2,50 el litro), o entiendes que el IVA de un Borgoña de 12,5 grados, más los impuestos especiales, se acerca al concepto de la fiscalidad confiscatoria, comprendes que el personal esté hasta las narices y haya convocado dos días de algaradas, que ellos llaman huelga, pero no, y que lo hagan contra el gobierno, no como en España, que los sindicatos de clase se manifiestan contra la oposición, a pesar de que no se sabe dónde está el dinero resultante de la mayor exacción impositiva que hemos conocido a lo largo de toda la historia –desde luego en las infraestructuras de Puente no–, ni se explica que, con 100.
000 millones de euros de fondos europeos, siga creciendo la deuda pública, como si el objetivo final fuera alcanzar a Francia. Y eso que el salario mínimo vital reduce las horas trabajadas, es decir, resta el número de clientes potenciales de UGT y Comisiones, que a este paso no van a tener ni para langostinos. En breve, veremos a las belarras, tan listas ellas, reclamando el impago de la deuda, una vez que lo de la vivienda se les ha ido de la mano, y eso que estaban avisadas: que se les ha explicado hasta la saciedad que la mayoría de los caseros en España proceden de las clases trabajadoras, que invirtieron en ladrillo para asegurarse un buen pasar en la vejez, y ahora vienen estos sustos, que das una patada en el PSOE y te sale una legión de grandes, medianos y pequeños tenedores, para pasmo del Sindicato de Inquilinas, que ya no sabe a quién ponerle las pilas.
En fin, que, si el futuro es a la francesa, pues estamos listos. Aunque en otros lares, las cosas no deben ir mejor. En esta zona, donde se enclava el bonito pueblo de Melay, desde el que escribo, se sufre una invasión de holandeses, que compran casas solariegas y que no se sabe si vienen buscando otra forma de vida o vienen huyendo de vaya usted a saber qué cosas. Eso sí, pertenecen a la afamada tribu de los "está barato, deme dos", y ya han conseguido que la carga de leña pase de costar 30 euros a 60.
Gentrificación, lo llaman, pero en rural.
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Texto íntegro de Alfredo Semprún, publicado en La Razón el 19 oct, 00:30. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en La Razón.
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