
La tesis Denuncia el giro nativista europeo, que extiende la represión y el control fronterizo, y advierte de que el PNV reproduce esa deriva para captar el voto de orden.
Los tambores de guerra son la música de fondo de un nuevo recrudecimiento de las políticas de violencia y represión en la frontera europea. El endurecimiento del discurso migratorio del PNV no es, por tanto, una anomalía vasca ni española. Es la traducción local de un giro político nativista que atraviesa hoy todo el continente. Mientras el Parlamento Europeo contiene a duras penas a unas extremas derechas cada vez más fuertes mediante la gran coalición entre socialiberalismo y derecha tradicional, la Comisión presidida por la señora de la guerra, Ursula von der Leyen, impulsa un marco migratorio basado en represión, externalización y control policial.
El Pacto Europeo de Migración y Asilo consolida esa deriva con más detenciones en la frontera, procedimientos más rápidos para denegar y expulsar personas, y nuevos acuerdos con terceros países para violar sus derechos antes de que alcancen suelo europeo. La expansión de Frontex completa el dispositivo como una guardia fronteriza continental con un cuerpo permanente de hasta 10.000 efectivos. Ese clima político no baja en línea recta desde Bruselas, sino que circula, se filtra y se refuerza entre instituciones europeas, estados y gobiernos subestatales hasta empapar la gestión ordinaria del territorio.
En Madrid, los debates sobre multirreincidencia o la prohibición del burka reproducen ese mismo desplazamiento xenófobo y securitario. En Euskal Herria, el PNV ha decidido ocupar ese espacio para captar el voto de orden en un sentido común cada día más derechizado. Pero sería un error leerlo como una desviación exclusiva de un partido: ninguna sociedad está vacunada contra el fascismo, tampoco la vasca. El nacionalismo, incluso en sus versiones más civilizadas, siempre lleva dentro una pregunta por el adentro y el afuera, por quién pertenece y quién sobra.
El nacionalismo, incluso en sus versiones más civilizadas, siempre lleva dentro una pregunta por el adentro y el afuera, por quién pertenece y quién sobra.No es un gesto menor convertir el origen en categoría policial. Supone romper un viejo cortafuegos liberal y ensanchar la frontera interior que separa al ciudadano del sospechoso habitual. El argumento es siempre el mismo —seguridad, convivencia, transparencia— y el efecto también, convertir la migración en problema de orden.
La experiencia europea demuestra adonde conduce ese camino. Cuando la derecha convencional asume el marco xenófobo, legitima a quienes lo empujan con más violencia. Frente a ese cierre nativista, también en Euskal Herria existen diques, colectivos antirracistas, redes de apoyo mutuo, movimiento popular y organizaciones vasconavarras que resisten en barrios, calles y fronteras la normalización del miedo. Son ellos quienes hoy sostienen, casi en solitario, el avance de la barbarie.
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Texto íntegro de el editorial de El Salto el 17 jun, 05:01. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en El Salto.
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