
La tesis Cuestiona la valentía que exhiben los políticos y sostiene que la falta de matices y la ocultación de sus verdaderas intenciones alimentan el descrédito público.
Los políticos son valientes. Sobre todo en la acepción de la palabra que apunta a lo animoso. La valentía es de esas virtudes de ocasión, que sólo se tienen si llegada la hora de demostrarlas cumples. Mientras tanto son más bien una ficción personal, una autoidealización. Como la de esa gente que cuando le piden en una entrevista que reconozca su peor defecto dice: la sinceridad, la independencia o la debilidad de dejarse llevar por la ira ante las injusticias.
Vamos, que su defecto es no tener ningún defecto. Los políticos son, en general, valientes porque estando las personas tan llenas de contradicciones como estamos, salir a la plaza pública a gritar certezas, convicciones y valores morales intransferibles resulta de lo más atrevido. Como decían nuestras abuelas, dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, pensamiento filosófico más contundente que toda la obra de Byung Chul Han. Cada vez que se pilla a un político en una contradicción, los que no nos dedicamos a esa tarea sentimos por dentro una satisfacción inconfesable.
Ahí va otro valiente al humilladero, nos decimos. La portavoz de los socialistas prefirió dimitir que explicarnos la incoherencia entre su discurso y el negocio familiar. La portavoz conservadora por suerte aún no ha dimitido, pero se sinceró al decir que van a privatizar un segmento de las pensiones, sin entender que la campaña electoral también va de ocultación y disimulo de las reales intenciones. La falta de matices en la que se ha instalado la política contemporánea provoca el ridículo más espantoso.
Porque los matices son la vida y la campaña electoral es la negación del matiz. Todo es subrayado y línea gruesa, como en las películas malas. Los que crecimos en la Transición admirábamos a los políticos porque eran más descreídos que los de ahora. Hacían pactos con los contrarios, compartían el tabaco, no se llamaban hijoputa en público y hasta algunos, como Tierno Galván, sabían latín. Los más radicales resultaban siempre ridículos en lugar de atractivos y casi todos guardaban las formas frente a la prensa, porque ya sabían que un periodista va a buscarte las vueltas y que para decirte que estás muy guapo con corbata ya tienes a tu abuela en casa.
Sorprende escuchar al candidato Feijóo decir que sospecha de pucherazo en el voto por correo porque no se fía de los directivos de la empresa estatal, entre otras cosas porque él mismo ejerció de ello con Aznar. Ante una declaración tan descabellada a los niños de la Transición nos vino a la cabeza, de inmediato, un destello. Jamás, ni en 1977, ni en 1979, escuchamos a un candidato, ya fuera Carrillo o Felipe González, decir que no confiaba en el voto por correo por más que esa empresa pública estuviera conformada entonces, de la cabeza a los pies, por funcionarios nombrados durante el régimen franquista.
Correos funciona hoy incluso mejor que entonces, lo que ha empeorado son los políticos. O seamos justos, los argumentos que usan los políticos para seducirnos. Les hemos transmitido una falsa idea de lo que apreciamos por valentía. Les hemos dicho que ser valiente es ser simplista, bocazas y faltón. Y ahí nos hemos equivocado como votantes. Porque la política es un servicio público que utilizamos como sistema de convivencia, y no como el camino más corto para acabar matándonos unos a otros.
Es algo tan estúpido como pedirles a los bomberos, otros servidores públicos, que cuando conecten sus mangueras, en lugar de echar agua para apagar el incendio, echen gasolina.
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Texto íntegro de David Trueba, publicado en El País el 20 oct, 05:30. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en El País.
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