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El 29-N puede llevarse por delante mucho más que a Sánchez

Nacho Cardero en El Confidencial

Foto: vía El Confidencial

La tesis El autor sostiene que una derrota de Sánchez podría desestabilizar también a la Comisión Europea, pues su polarización ha fortalecido a Vox y podría desencadenar un efecto dominó.

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El Consejo Europeo celebrado la semana pasada en Bruselas tuvo un indudable sabor a despedida. Pedro Sánchez acababa de anunciar la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales para el 29 de noviembre. Puede haber sido uno de sus últimos consejos europeos como presidente del Gobierno de España. Alguno de sus homólogos lo lamentará, la mayoría le pondrá una alfombra roja.

No es el único que posiblemente tenga que ir preparando las maletas. Ursula von der Leyen también tiene motivos para mirar el calendario con preocupación. La eventual caída de Sánchez podría convertirse en la primera ficha de un dominó político que termine alcanzando a la propia Comisión Europea.

El mayor legado político que dejará el español no serán las medidas destinadas a la protección social, su defensa de las clases medias y trabajadoras o su proclamada determinación de proteger la democracia frente a sus enemigos. Tampoco la fuerza de la gente, ni la fuerza del amor, ni el beso con Begoña.

El hombre que prometió levantar un muro frente a Abascal terminará abriéndole las puertas del Palacio de la Moncloa

Al contrario. Su mayor legado quedará reducido a la llegada de Vox al Gobierno. Así es como pasará a la historia. Porque él, con su frentismo y su nulo respeto por la palabra dada, es quien ha polarizado a la ciudadanía y quien ha propiciado, cual bombero pirómano, que la extrema derecha se haga fuerte en las encuestas. El hombre que prometió levantar un muro frente a Abascal terminará abriéndole las puertas del Palacio de la Moncloa.

El auge de Vox tiene causas más profundas y responsabilidades que no se agotan en el presidente del Gobierno, pero resulta difícil imaginar un aliado más eficaz para el discurso de Bambú que un Sánchez empeñado en dividir España entre buenos y malos, progresistas y reaccionarios, demócratas y enemigos de la separación de poderes.

Ni las redes de la izquierda internacional, ni los ideólogos estilo Mazzucato, ni la manguera de financiación china, ni filántropos como la familia Soros, que veían en el español la trinchera y el bastión defensivo de las clases menos pudientes en Europa frente al auge conservador, han podido hacer nada frente a la inercia de los acontecimientos.

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Lo verdaderamente interesante de cuanto puede suceder el 29 de noviembre es que sus consecuencias no se limitarán a España. La política europea funciona como una mesa de billar: una bola golpeada en Madrid desplaza otras en Berlín, París y Bruselas. En esta ocasión, el resultado puede poner en cuestión no solo el reparto de fuerzas entre los veintisiete, sino también la arquitectura política sobre la que descansa la actual Comisión.

La eventual salida del PSOE del Gobierno reduciría sensiblemente el peso de la socialdemocracia entre los jefes de la UE

Si Sánchez cae en España y sale del Consejo, los socialistas perderían uno de sus principales puntos de apoyo institucional. Y Von der Leyen, uno de los interlocutores que le han permitido mantener un equilibrio cada vez más precario.

La alianza del Partido Popular Europeo y los socialdemócratas, acompañada por los liberales, constituye uno de los principales soportes políticos de la Comisión. Sánchez ha contribuido a sostenerla desde el Consejo Europeo y desde su influencia dentro de la familia socialista europea, a pesar de las diferencias ideológicas que le separan de la alemana.

La eventual salida del PSOE del Gobierno español reduciría sensiblemente el peso de la socialdemocracia entre los jefes de la Unión y alteraría los incentivos de una familia política que ya contempla con creciente incomodidad cómo el Partido Popular Europeo busca acuerdos a su derecha para sacar adelante determinadas iniciativas parlamentarias.

No significa que la Comisión vaya a caer automáticamente al día siguiente de las elecciones españolas, pero una cosa son los mecanismos jurídicos y otra la erosión política. Una Comisión puede conservar formalmente sus atribuciones y perder, entretanto, la capacidad de reunir las mayorías necesarias para gobernar. Que se lo pregunten a Sánchez.

Una crisis de suficiente envergadura podría desembocar en una recomposición completa del Colegio de Comisarios, incluida su presidencia, y abriría inevitablemente una nueva negociación sobre el reparto de responsabilidades, competencias y equilibrios nacionales. Alemania, España y el resto de las grandes capitales volverían a disputar posiciones en una institución cuya composición refleja las relaciones de fuerza entre los gobiernos.

El PP terminará gobernando con Vox después del 29-N, una formación situada en una familia política europea distinta a la de los populares

Uno de los principales dilemas para Von der Leyen es, precisamente, que el Partido Popular Europeo se parece cada vez más a una familia numerosa en la que todos comparten apellido, pero nadie se pone de acuerdo sobre a quién invitar a cenar.

La CDU alemana, acostumbrada a entenderse con los socialdemócratas para gobernar en Berlín, defiende en términos generales la continuidad de los grandes pactos europeos de centro. El PP español, por el contrario, puede encontrarse después del 29-N gobernando con Vox, una formación situada en una familia política europea distinta de la popular y abiertamente crítica con buena parte de la agenda comunitaria.

La contradicción salta a la vista. Dos maneras de entender Europa bajo un mismo techo. Y una tensión que amenaza con hacerse cada vez más difícil de administrar. Esta divergencia se aprecia en las distintas estrategias de Ursula von der Leyen y Manfred Weber. La presidenta de la Comisión necesita preservar los consensos transversales que sostienen su mandato. Weber, al frente del Partido Popular Europeo, dispone de mayor margen para construir mayorías parlamentarias de geometría variable.

Todo ello pone al descubierto las debilidades de una Comisión que ha intentado soplar y sorber al mismo tiempo: conservar el consenso socialdemócrata mientras abría la puerta a una agenda más conservadora; defender la autonomía estratégica mientras Europa seguía dependiendo de terceros en cuestiones esenciales; predicar una nueva soberanía europea sin dotarla de todos los instrumentos necesarios para ejercerla.

¿No decían Sánchez y Von der Leyen que EEUU no podía adoptar medidas contra España porque la política comercial era competencia de la Unión Europea?

Ocurre con la defensa y la guerra de Ucrania, con la dependencia tecnológica de los gigantes estadounidenses, con las cadenas de suministro controladas por China o con la capacidad europea para proteger su propia industria. Europa quiere ser una potencia geopolítica, pero todavía discute quién debe pagar el ejército, quién pone la energía y quién redacta las reglas comerciales.

El último episodio protagonizado por Estados Unidos y España resulta particularmente revelador. Washington amenaza con imponer tasas de hasta 200.000 dólares a determinados buques españoles que atraquen en sus puertos como respuesta a las restricciones adoptadas por el Gobierno de Sánchez contra barcos relacionados con Israel. ¿No decían tanto Sánchez como Von der Leyen que EEUU no podía adoptar medidas solo contra España porque la política comercial era competencia de la UE? Pues eso.

España, en cualquier caso, no será la única sacudida de este nuevo ciclo político. Francia celebrará elecciones presidenciales el 18 de abril y el 2 de mayo de 2027. La creciente influencia de los extremos del arco político francés constituye una amenaza directa para los consensos que han sostenido durante décadas el proyecto comunitario.

Como ha señalado Ramón González Férriz, el pesimismo, ejemplificado en las protestas de estos días, se ha convertido en una de las grandes fuerzas de movilización política en Francia. La nostalgia de un país que fue, o que sus ciudadanos creen que fue, más rico, más seguro y más dueño de su futuro alimenta opciones enfrentadas ideológicamente, pero unidas por su rechazo al orden establecido.

La renovación política que se avecina no termina en Francia. Polonia, Italia y otros países europeos afrontan citas electorales o cambios institucionales capaces de modificar las alianzas en el Consejo. Alemania también atravesará su propio calendario de renovación institucional. Lo que está en juego no es únicamente quién se sienta alrededor de la mesa, sino qué clase de Europa están dispuestos a construir quienes ocupen esas sillas.

En ese contexto, las elecciones españolas del 29 de noviembre pueden adquirir una trascendencia que desborde nuestras fronteras. No porque España tenga capacidad por sí sola para decidir el destino de la Unión, sino porque puede precipitar o acelerar una transformación política que ya estaba en marcha.

El presidente que se presentó ante Europa como uno de los grandes defensores del progresismo frente al avance de la derecha puede terminar contribuyendo, con su propia derrota, a debilitar el equilibrio político que pretendía preservar. No habrá destruido por sí solo el proyecto europeo, como tampoco puede atribuírsele en exclusiva el ascenso de Vox, pero sus decisiones habrán formado parte de una cadena de acontecimientos cuyas consecuencias políticas pueden resultar exactamente contrarias a las que proclamaba perseguir. Esa será la última paradoja de Pedro Sánchez.

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Texto íntegro de Nacho Cardero, publicado en El Confidencial el 19 oct, 05:00. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en El Confidencial.