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Tribunas · Giro latinoamericano

El sur gira a la derecha

Guy Sorman en ABC

Foto: vía ABC

La tesis El autor sostiene que el giro latinoamericano a la derecha refleja el arraigo democrático y el rechazo al caudillismo, cuya retórica populista encubre corrupción y frustración.

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Durante mucho tiempo, el continente latinoamericano fue percibido desde Europa y Estados Unidos como el laboratorio de un futuro socialismo más auténtico que su aplicación totalitaria en la URSS. La Cuba de Fidel Castro o la Nicaragua sandinista de los años 80 eran alabadas ... por la intelectualidad como puntas de lanza de una revolución que arrasaría con todo el continente. Sin olvidar el apoyo que prestaba la Unión Soviética a estos revolucionarios mediante recursos financieros y un discreto respaldo militar.

Hoy no queda absolutamente nada de esa utopía. En todo el continente no solo ha desaparecido el socialismo, sino que, en general, la izquierda se encuentra en agonía. A la espera de las elecciones presidenciales de Brasil del día 27, solo dos países democráticos siguen gobernados por la izquierda: México y Uruguay. Dejemos aparte las dictaduras moribundas, como Cuba y Nicaragua, ya sin futuro. Dejemos de lado a Venezuela, convertida en una colonia aberrante de Estados Unidos.

Y constatemos lo devastador que habrá sido el año 2026 para todos los candidatos situados más o menos a la izquierda. Solo en el año en curso, se han pasado a la derecha Colombia, Costa Rica, Honduras, Chile y Perú. Es muy probable que pronto ocurra lo mismo en Brasil.¿Cómo explicar este giro histórico a favor de la democracia liberal y la economía de mercado? En primer lugar, la preferencia por la democracia no ha dejado de arraigarse en un continente cuya tradición era más bien caudillista que democrática, siempre en busca de un hipotético salvador.

Así pues, ha sido la experiencia de las naciones la que ha demostrado hasta qué punto el caudillismo es siempre una ilusión: detrás del discurso populista siempre se esconde la corrupción del caudillo y de su séquito. La preferencia continental, ahora evidente, por la economía de mercado se basa en la experiencia. Todas las economías de inspiración estatista, socialista y comunista han conducido a la pobreza generalizada, a la desigualdad y a la corrupción burocrática, antes de derrumbarse.

Ni siquiera la ayuda de la Unión Soviética en su momento había sido suficiente para elevar a Cuba a un nivel de vida digno. Los pueblos han aprendido no a través de la teoría, sino de la experiencia. Además, aunque su influencia sea difícil de medir, es indudable que las iglesias evangélicas, dirigidas desde EE.UU., empujan a América Latina hacia el capitalismo. A esta preferencia experimental, salpicada de evangelismo por la democracia y la economía de mercado, se suma una razón más inmediata por la que los votantes apoyan a una derecha más radical que moderada: el deseo de seguridad.

Es cierto que en América Latina, tras la aparente cortina del idioma y la civilización, hay que tener en cuenta que cada nación es distinta y tiene su propia identidad. Pero cuando se viaja de un país a otro, se observa una unidad desafortunada en torno a amenazas físicas que no existían hace unos cincuenta años. La inseguridad, las drogas, la violencia urbana y la criminalidad en todas sus formas se extienden por todas partes. Cuesta recordar que Buenos Aires, por ejemplo, hace treinta años era una ciudad segura en la que uno podía aventurarse a cualquier hora del día o de la noche sin correr ningún riesgo.

Lo mismo ocurría en Santiago de Chile o en Lima. La única excepción era Río de Janeiro, tristemente famosa en el continente por ser peligrosa, pero lo era de manera excepcional: mucho menos de lo que lo es ahora. Los gobiernos de izquierda han sido incapaces de contener esta violencia. Por miedo a parecer represivos, y por una ideología supuestamente progresista, han permitido que se desarrollara el narcotráfico, del que hoy ningún país de América Latina se libra.

Si bien el presidente argentino Milei fue elegido para hacer frente a la lacra de la inflación y la corrupción de los peronistas, también debe su éxito al deseo de restablecer el orden en el espacio público. Lo mismo ocurre en El Salvador, Ecuador, Honduras y Chile. Me parece que, incluso por encima del desarrollo económico, los dos motores del electorado que ahora lo inclinan más hacia la derecha que hacia la izquierda son la inflación y la inseguridad.

En estos dos frentes, la izquierda ha demostrado su pasividad, mientras que la derecha parece capaz de lograr éxitos relativos. De esa izquierda latinoamericana, un tanto mítica, solo sobreviven dos bastiones: México, donde la izquierda se ha vuelto bastante liberal y razonable, y Brasil, que tiene un izquierdismo igualmente moderado, pero no lo suficiente como para reelegir una y otra vez a Lula da Silva. Si se ve amenazado por un rival tan mediocre como Flavio Bolsonaro es porque Lula, tan popular en Europa, nunca ha tenido en cuenta la inseguridad que azota a las megalópolis de Brasil.

Estoy seguro de que los brasileños no esperan nada más de Bolsonaro hijo que el retorno a unas ciudades más seguras.Pero antes de alegrarnos por la desaparición del socialismo latinoamericano, temamos a una derecha que se decante demasiado hacia la derecha. En Argentina, aunque podamos felicitarnos por los éxitos de Milei contra la inflación, debemos constatar al mismo tiempo que el país se está empobreciendo y que, en nombre del 'laissez-faire' y del ultraliberalismo, la miseria suscita indiferencia a su presidente.

Por lo tanto, la experiencia de su Gobierno no es necesariamente prometedora, ni para los argentinos ni para el resto del continente; el liberalismo corre el riesgo de salir muy dañado de ello. Del mismo modo, tememos que la pasión represiva de Nayb Bukele , presidente de El Salvador adulado por Trump, llegue hasta el punto de desacreditar cualquier forma de Policía o incluso de hacer que se prefiera a las bandas antes que a los agentes. En Chile, esperamos que la nostalgia del presidente José Antonio Kast por el régimen de Pinochet no le haga olvidar que Chile es, ante todo, una democracia y que la economía está guiada por los empresarios, no por el Estado.

Incluso Pinochet lo había admitido. Por último, es lamentable que todos estos jefes de Estado elegidos no se unan, sin esperar a los caprichos del presidente de EE.UU., para liberar a los latinoamericanos del cáncer cubano y de la dictadura de Nicaragua, ni se pongan de acuerdo para restablecer la democracia en Venezuela. Reconozco que es pedir mucho: si Simón Bolívar y San Martín, los dos héroes de la independencia, no lograron ponerse de acuerdo en 1822 en su cumbre de Guayaquil (Bolívar, más bien republicano; San Martín, más bien monárquico), no hay que esperar demasiado de una coalición continental.

Pero no está de más destacar que la situación actual es satisfactoria en comparación con la anterior y mostrar cierto optimismo en este continente que tan a menudo lo ha echado en falta.

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Texto íntegro de Guy Sorman, publicado en ABC el 18 oct, 19:17. El Autómata lo recoge en su sección de Opinión sin cambiar una palabra; solo la tesis y el tema son nuestros, escritos por una inteligencia artificial. Leer en ABC.